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En el debate público actual, ha resurgido con fuerza una vieja consigna: la idea de que la prosperidad del país depende exclusivamente de "cuidar a los ricos" bajo la premisa de que, si ellos concentran mayor capital, la inversión y el empleo llegarán por efecto derrame. Esta argumentación no solo ignora la realidad del siglo XXI, sino que se sustenta en una lectura distorsionada de nuestra propia historia económica.

Es imperativo confrontar este dogma con los datos que definen nuestro desarrollo democrático. Mientras se intenta instalar la idea de que el modelo de la dictadura —que promedió un crecimiento anual de apenas un 2,9% durante 17 años— es la única receta posible, los hechos demuestran lo contrario. La transición democrática, lejos de hundir al país, fue el ciclo donde Chile alcanzó sus mayores tasas de expansión económica, con promedios cercanos al 5,6% anual en la década de los 90, demostrando que crecimiento y progreso social no son objetivos contrapuestos.

La reducción de la pobreza en Chile —pasando desde un alarmante 38,6% en 1990 hasta un 6,5% en 2022— es el mayor triunfo de nuestra institucionalidad. Este logro no fue obra de la casualidad, sino el resultado de políticas de Estado transversales que supieron combinar el dinamismo del libre mercado con una voluntad fiscal clara. Fue durante el gobierno de Patricio Aylwin que se implementó la reforma tributaria que elevó el impuesto de Primera Categoría del 10% al 15%, permitiendo financiar la inversión social necesaria para reducir la vulnerabilidad extrema. Posteriormente, las administraciones de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet continuaron gestionando el país bajo un marco institucional serio que permitió al Estado cumplir su rol redistribuidor.

Afirmar que este avance es mérito exclusivo de un sector es tan inexacto como sugerir que la fórmula del siglo pasado sigue vigente. La reducción de la pobreza ha sido un proceso integral de 32 años, donde tanto la centroizquierda como la centroderecha, incluyendo los gobiernos de Sebastián Piñera, gestionaron la economía manteniendo una institucionalidad que permitió el progreso.

Hoy, cuando se proponen reformas que sacrifican la recaudación fiscal bajo el eslogan de que "los privados se encargarán del crecimiento", la historia demuestra que el país no prospera protegiendo privilegios, sino fortaleciendo la capacidad fiscal del Estado para reducir brechas y garantizar derechos. Chile no necesita volver a las fórmulas de hace 40 años; necesita avanzar en un pacto que entienda que el desarrollo es una construcción colectiva, técnica y, por sobre todo, equitativa.

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