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La preocupación por la convivencia escolar ha crecido en los últimos años en Chile. Según datos de la Superintendencia de Educación, en 2025 se registraron 22.680 denuncias, de las cuales 17.076 estaban relacionadas con problemas de convivencia escolar. Además, el Ministerio Público informó más de 700 denuncias por amenazas en colegios en diversas regiones del país en las últimas semanas. Estas cifras reflejan un aumento en los conflictos entre estudiantes, dificultades en el manejo de la frustración y una carencia de herramientas para abordar lo emocional en el entorno educativo.

En este contexto, los programas de robótica educativa se presentan como una solución innovadora. Desde 2022, Good Neighbors, una organización que trabaja en Chile por el desarrollo integral de niños y jóvenes en contextos vulnerables, ha implementado un programa que busca abordar estos desafíos a través del aprendizaje práctico. Este programa consiste en 12 sesiones progresivas en las que los estudiantes utilizan kits de Lego Spike y programación basada en Scratch.

Durante las sesiones, los alumnos se organizan en grupos de tres, donde asumen diferentes roles: construcción, programación y coordinación de tareas. Esta dinámica de trabajo no solo les permite aprender a crear y programar un robot, sino que también fomenta habilidades como la empatía, el autocontrol y el trabajo en equipo. La rotación de roles asegura que todos los estudiantes experimenten cada aspecto del trabajo colaborativo, incentivando la comunicación y la resolución de problemas.

Ignacio Fuentes, coordinador de Proyectos Sociales de Good Neighbors Chile, señala que conceptos socioemocionales como el autocontrol y la empatía son a menudo difíciles de entender en términos abstractos. La robótica, al brindar una experiencia práctica, permite a los estudiantes vivenciar estas habilidades en situaciones reales, promoviendo un aprendizaje significativo. Por ejemplo, un ejercicio donde un robot programado debe frenar al enojarse sirve como plataforma para discutir cómo los estudiantes manejan sus propias emociones.

El programa culmina con un proyecto donde los alumnos crean un vehículo y un mapa de su entorno, identificando áreas que les generan diferentes emociones, lo que fomenta la reflexión sobre sus experiencias personales y sociales. La integración de aspectos técnicos y emocionales en las clases es clave para el aprendizaje de habilidades que son fundamentales en el contexto educativo actual, como el pensamiento crítico y la metacognición.

Actualmente, el programa se está llevando a cabo en seis colegios distribuidos en Valparaíso, Santiago y la región de Ñuble, habiendo pasado por cerca de 30 establecimientos desde su inicio. Los resultados han mostrado un interés creciente en la tecnología entre los estudiantes y avances en sus habilidades socioemocionales, como se evidencia en encuestas que indican que cerca del 65% de los alumnos aplica lo aprendido en su vida diaria.

La influencia de este programa también se refleja en las dinámicas escolares: algunas instituciones han creado sus propios espacios de robótica tras la finalización de las actividades. Los educadores han observado cambios significativos en la colaboración entre los estudiantes, lo que sugiere que la experiencia adquirida tiene un impacto duradero en su comportamiento y en sus relaciones interpersonales.

En conclusión, la robótica educativa se consolida como una herramienta valiosa en la formación integral de los estudiantes chilenos, promoviendo no solo habilidades técnicas, sino también el entendimiento y la gestión de emociones en un entorno colaborativo.

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